HASTA LA VUELTA, SEÑOR

Termina nuestra experiencia en Quito, la despedida fue muy dura, tras más de un mes conviviendo con las personas del albergue, llegamos a quererles y echarles de menos. Ayer con el almuerzo finalizaba nuestra estancia allí, entre abrazos y lloros salíamos dirección al Aeropuerto.

Los Hermanos de la Comunidad y algunos voluntarios han queridos estar con nosotros hasta el final, ahora tenemos que volver a nuestra realidad, ha sido como una experiencia de “Monte Tabor”, donde al igual que los discípulos hubiéramos deseado quedarnos y plantar nuestra tienda, pero lo mismo que Jesús les dijo a los apóstoles que había que bajar a Jerusalén, nosotros tenemos que volver con nuestras familias, comunidad, trabajo, amigos…Ahora es el momento de transmitir la experiencia vivida, ser testigos del evangelio en nuestros espacios cotidianos, contagiar la alegría recibida y animar a otros jóvenes para que puedan sensibilizarse por aquellos que la sociedad ha desechado.

Desde “una ilusión…un camino” queremos dar las gracias a todos aquellos que nos habéis seguido y animado con vuestros comentarios y aportaciones. Ha sido una manera de continuar conectados a pesar de la distancia, hemos sentido el calor de vuestras palabras y el pertenecer a una misma Iglesia que nos une y congrega. Los momentos que hemos dedicado a escribir el blog nos han servido como reflexión, espacio de distensión y de conclusión de la jornada.

Llegamos con mucha fuerza, dispuestos a no echar en saco roto las vivencias que cada uno ha interiorizado, a adaptarnos al nuevo ritmo que nos espera, pero con la certeza de que nuestros sentidos estarán abiertos a las necesidades que puedan surgir a nuestro alrededor. Somos conscientes de que es el Señor quien con su Espíritu, nos vaya alentando en cada minuto de nuestro futuro.

Una ilusión… un camino no termina aquí, ahora es el momento de hacerlo vida, caminar con tesón y con firmeza; hemos anunciado a Cristo en tierra de misión y en la historia de cada persona descubrimos un espacio sagrado.
En definitiva, hemos pisado “Tierra Sagrada”.

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DESPEGANDO A… LO COTIDIANO

Ha llegado el momento de las despedidas, de decir adiós. Atrás quedan la nostalgia, la experiencias vividas que nos ha hecho madurar y crecer, nuestro saber estar ante los imprevistos, rostros con nombres, apellidos, nuestra experiencia como grupo.


Momento para agradecer a la Comunidad de los Hermanos el que nos hayan abierto las puertas de su casa, que desde el principio nos permitió sentirnos como en la nuestra propia. Con ellos hemos compartido espacios de oración, Eucaristía, e incluso nos han permitido participar en sus reuniones comunitarias. Esto nos ha posibilitado conocer su estilo de vida, sus ritmos de trabajo y la forma de ejercer la hospitalidad en este lugar.

Ahora nos queda esa sensación entre nostalgia y melancolía, entre risas y lágrimas, entre recuerdos e imágenes, lugares y personas, silencio y ruido. Pero en lo más hondo del corazón queda la satisfacción de darse, de haber recibido más de lo que hemos dado, de hacer nuestro el Evangelio de Mt 25, 40: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pobres hermanos conmigo lo hicisteis”.

Queda también en nuestro corazón la empatía, la alegría de los usuarios a pesar de su situación de sinhogarismo, el saludo de los albergados cuando los encontrábamos por la ciudad; el entorno que envuelve la casa, la imagen de Juan de Dios que nos recibía al entrar en el albergue, las energías que han derrochado por nosotros hermanos, trabajadores y voluntarios. Todos ellos han hecho de nuestra estancia en Quito una experiencia inolvidable.


Esta tarde despegamos hacia España y no volvemos igual que vinimos, sino con un equipaje distinto, cargado de muchas vivencias nuevas al haber dedicado tiempo a este camino interior, trenzado de gratitudes y retos, de posibilidades y dificultades, habitado por uno mismo, los otros y Dios.

Comienza una nueva etapa en nuestra vida, ahora nos toca ser semillas que además de crecer sigan dando fruto en donde cada uno nos encontremos.

UNIDOS EN EL DESTINO

Ya se ve en el horizonte la meta. Nos vamos dando cuenta ahora de cómo lo que en su origen fue una “ilusión”, se ha convertido en un logro. Al principio teníamos la incertidumbre de llegar, dudábamos de nuestras posibilidades, capacidades y aguante, ahora esa duda es casi certeza, puesto que estamos completando el “camino”.

Ponerse en marcha, salir de casa, atravesar tierras, pelear con uno mismo y con otros para alcanzar aquello que anhelamos, todo ello es profundamente humano, aunque la fe es lo que nos ha sostenido tanto en los momentos de bonanza como de dificultad.

Somos gente diversa tanto en cuanto al carácter como en la forma de afrontar las cosas, hemos tenido momentos de sufrimiento y de alegría. Seguro que entre los mejores recuerdos estarán ratos de risas, de buen humor, de compartir vida, de sentir al otro como muy próximo, de reflexión y oración.

En la medida que hemos avanzado con los sentidos bien atentos, se ha percibido una gran variedad de lugares, personas que nos hablaban de mil historias… las de quienes a lo largo de su vida han hecho realidad este albergue, las que viven en él, las que pasan y pasaron, cada uno con su realidad, sus problemas y vivencias.

Agradecemos de todo corazón el regalo que ha supuesto esta experiencia para nosotros, la posibilidad de aproximarnos a esta cultura, vivir de cerca la hospitalidad entre las personas abandonadas de la población quiteña, cuestionarnos nuestra forma de ver las cosas, tomar conciencia de la cantidad de superficialidades que tenemos a nuestro alrededor, en definitiva, sentir a Dios como impulsor de todas nuestras acciones que nos mueve a dar lo mejor de nosotros mismos en beneficio de los más pobres.

Nuestras palabras de agradecimiento nos remiten al profeta Isaías:
“Yo quiero felicitar al Señor por sus favores y hazañas, por todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, por la gran bondad que demostró al compadecerse de nosotros y darnos tantos beneficios”. (Is 63, 7)

¿QUÉ IGLESIA CONSTRUIMOS?

Nos sentimos Iglesia que comparte y se siente peregrina avanzando desde la fe y el reencuentro. Durante este tiempo hemos tenido la oportunidad de contactar, encontrarnos y relacionarnos con religiosos/as de otras congregaciones. Aquí se palpa que hay un mayor sentido de la Intercongregacionalidad, es decir, que las diferentes Congregaciones que existen en la ciudad trabajan conjuntamente y desde la cercanía.

Ha sido interesante la relación con los Franciscanos, conocer su casa, museo, además de ser lugar donde diariamente acudíamos a la Eucaristía.

Nos hemos relacionado con los grupos de CVX (Comunidades de Vida Cristiana), procedentes de Jesuitas, a los que uno de nosotros pertenece. Esto nos ha permitido conocer lugares emblemáticos de la ciudad con algunos de los componentes de dicho grupo.

En nuestras andaduras por los mercados de la ciudad, también nos hemos encontrado con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, que al igual que nosotros acuden a buscar donaciones de alimentos.

Ha habido un reencuentro con los Dehonianos (religiosos Reparadores). Uno de ellos es español e hizo su noviciado en Palencia al igual que los Hermanos en su momento.

Esto nos indica que en Latinoamérica existe un fuerte sentido de Iglesia, donde se percibe la universalidad de la misma, y que por su estilo de vida se hace presente en muchos actos sociales de la ciudad. Unido a esto, se denota que el papel de las Congregaciones va muy encaminado hacia los más desfavorecidos de la sociedad.

Estas vivencias nos cuestionan y nos llevan a hacer un paralelismo entre la Iglesia española y la Iglesia de aquí, mientras unas están desencantadas, apalancadas, desmotivadas… otras siguen resurgiendo y floreciendo. ¡Ojalá el Espíritu mueva los corazones en nuestra tierra!

“Hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos, en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu. Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere”. (1Cor 12, 4-11)

AHORITA NOS ENTENDEMOS

Nos llama la atención en la relación que mantenemos con los quiteños, el hecho de compartir la misma lengua, particularmente las diferentes expresiones que utilizan de forma coloquial. El castellano es el idioma común que nos permite entendernos y comunicarnos y para ellos nuestro país es la “madre patria”. De ahí que sean muchos los vínculos que a ellos nos unen.
A lo largo de la historia, ha habido un trasvase de culturas, personas que vienen y van de un lado para otro. Primero vinimos los españoles a conquistar América. Trajimos muchas de nuestras tradiciones y elementos culturales que nos definen. En los últimos años han sido los ecuatorianos quienes han emigrado a España en busca de una mayor calidad de vida.
Somos seres en trashumancia que acampan en esta nuestra aldea global. Pero si es cierto que cada lugar tiene su idiosincrasia, sus tradiciones, sus expresiones, y de esto último queremos hacer mención, de esas frases graciosas, que resultan agradables al oído, aunque a veces no entendamos su significado:

Mi don: Señor.
Ahorita: en un momento (cuando en realidad tardan mucho).
No me seas malito: hazme el favor
Tinto: café.
Pana: amigo.
Pancito: pan.
¿Mande?: ¿qué? ¿cómo?
Cuadra: manzana-calleCarro: coche.
Coche: carro del mercado.
Botar: tirar, echar.
Diosito: Dios
Computadora: ordenador.
Choclo: maíz.
Torta: tarta.

Después de este tiempo compartido, muchas de estas expresiones no nos pasarán inadvertidas, nos resultarán familiares. Dentro de unos días, partiremos para España y en nuestra memoria quedará esa suavidad al hablar, esos buenos modales de saludar y besar en cada encuentro, ese pedir todo con respeto y terminando en diminutivo que les hace sencillos y cercanos a la vez.

Convivir ha sido para nosotros acompasar tiempos y ritmos, armonizando el tiempo de los demás con nuestro propio tiempo.

“La hospitalidad está estrechamente vinculada al respeto hacia el otro, no tanto en lo que se refiere a su ámbito espacial, sino también a todo aquello que hace alusión a su persona y a todo lo que le envuelve”.

CAMINOS QUE SE CRUZAN

Todas las personas estamos llamados a hacer camino, a no detenernos. Hay un dicho que afirma que “si se nos paran los pies, se nos para el alma”. Podemos ir por la vida pensando solo en la huella que dejan nuestras pisadas, en nuestro individualismo, o preocupándonos por aquellos que no pueden caminar. Solo en la medida que sintamos al otro como hermano nos podremos parar a pensar: ¿Qué le puedo aportar? ¿Qué dones me ha regalado Dios que pueda compartir con él? Y descubrimos la cantidad de cualidades recibidas que posibilitan nuestro camino diario: la fe, la familia, los hermanos, los amigos… Todos hacen posible que nuestro caminar sea gozoso, se ensanche y se consolide. ¡Pero hay tantos senderos que se cruzan con el nuestro! ¡Hay tantas personas que no saben cuál es su norte! Puede ser que no lo busquen, pero también es posible que no lo encuentren. ¿Acaso nos hemos parado a enseñarles otras vías diferentes por las que avanzar?

En este tiempo, muchas son las vidas que han entrado en intercesión con las nuestras, ha sido como un cruce de caminos continuo. No han llegado a este Albergue al azar, ni por comodidad, sino porque nadie les ha enseñado una salida distinta, ni han tenido la suerte de tener amigos, ni una familia donde sentirse queridos. Solo han pasado su tiempo con conocidos, que se han refugiado como ellos en el alcohol, en la miseria. Han compartido desgracias, pero no futuro; risas descontroladas, pero no alegría sana; espacio entre cartones debajo de un puente, pero no un hogar.

Como cristianos estamos llamados a hacer camino de hospitalidad, que aplane senderos, acoja de corazón, conduzca pasos equivocados, estimule al decaído, aporte firmeza al débil, que como Juan de Dios abrace al otro sin preguntarle por su religión, estatus, raza. En definitiva ser camino donde el otro pueda parar y descansar. Tú, yo, y todos, estamos llamados a ser lugar de encuentro.

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